Decir de la mejor manera lo que se quiere comunicar



Uso de los signos de interrogación y exclamación

Hemos adoptado de lenguas foráneas la costumbre de utilizar sólo el signo de cierre en los enunciados interrogativos o exclamativos. Sin embargo, en el idioma español, estos signos deben colocarse tanto al comienzo como al final de la oración.
Veamos la norma de uso:

Luego de los signos de cierre de interrogación o de exclamación no se coloca punto. Estos signos indican el cierre de la enunciación:

¿Sabías que me voy a la costa? Este año elegimos la playa para descansar.

Los signos se colocan al comienzo de la pregunta o la exclamación, aunque no comience con esta la oración. En este caso se separa la pregunta del resto de la oración con una coma.

El viernes festejo mi cumpleaños, ¿vas a venir?

Cuando los vocativos ocupan la primera parte de un enunciado quedan fuera de la interrogación o la exclamación:

Mamá, ¿pensaste qué le vamos a regalar a la abuela?

En cambio si está colocado al final de la pregunta o la exclamación, el vocativo se incluye en ella:

¡Cuánto me alegra que hayas llegado a tiempo, Rolando!

Se usan para enmarcar interjecciones:

¡Ey! ¡Epa! ¡Oh!

Al escribir varias preguntas o exclamaciones breves de forma continuada, se puede optar por:

a) Considerarlas enunciados independientes con sus correspondientes signos de apertura y cierre, y comenzando cada una de ellos con mayúscula:

¿Cómo fue el viaje? ¿Estuvieron en Londres? ¿Visitaron el Palacio de Buckingham?

b) Considerarlas parte del mismo enunciado, en cuyo caso van separadas por comas y sólo se escribe con mayúscula la palabra inicial:

¡No puedo creer que no fueron!, ¡no me digas que se lo perdieron!

Los signos se pueden usar combinados para expresar duda o incertidumbre, y sorpresa a la vez. No obstante sobre este caso no hay unanimidad de criterios y se recomienda su utilización sólo en textos literarios ―donde es frecuente encontrar los signos multiplicados para dar énfasis a determinados enunciados― y debe evitarse en los textos periodísticos o administrativos.

¿Hay que entregar los papeles mañana?, ¡¿estás segura de que es mañana?!

Finalmente, en los únicos casos en que se utiliza sólo el signo de cierre es cuando se quiere indicar, ironía, sorpresa, desconocimiento o duda de algo que se está mencionando.

a) Encerrado entre paréntesis:

Aún teniendo tropas alrededor del mundo, Obama recibió el Premio Nobel de la Paz (!).

Es vicepresidente de la nación y opositor del gobierno al mismo tiempo (?).

Y sin paréntesis para indicar un dato que se desconoce, por ejemplo, una fecha de nacimiento:

?- 1801

Está para ponerse la tanga

Seguimos explorando vocablos de origen africano que se incorporaron al español del Río de la Plata. Al igual que mucama y tamango (buscar en la Nube de etiquetas), la palabra tanga proviene del kimbundu y en la actualidad en nuestro idioma se usa para denominar una vestimenta playera que en el siglo XVIII tenía un fin muy parecido al que tiene hoy: el de cubrir la pelvis de las mujeres.

tanga. Noticias provenientes del siglo XVIII hablan de telas de algodón llamadas ntangas, tejidas por los angoleños, como una posible herencia de los patrones culturales ambundus. También se utilizaron como moneda en las transacciones comerciales. Con estas telas se confeccionaban las prendas que llevaban la misma denominación de los tejidos, y que pasaron a nuestro idioma con el nombre del epígrafe. Las mujeres africanas las utilizaban para cubrirse la pelvis. El término ntanga, es kimbundu, significa “paño”, “tela”, “tejido”, etcétera.
Asimismo, tanga es la designación de un puerto situado en el territorio de Tanganica, enfrente de la isla Bemba, y es la estación terminal del ferrocarril de Moshi a Aruba, en el África central; así como el de una “nación” africana introducida en el Río de la Plata.
También constituye el nombre de uno de los tambores sagrados de la familia de los digomana, membranófonos pertenecientes a los vedus, pueblo que pertenece al grupo etnocultural bantú.
El trompetista afroestadounidense Dizzy Gillespie registró en discos fonográficos una página rotulada Tanga, en la que se vale de ritmos africanos y afroamericanos.

De: Ortiz Oderigo, Néstor; Diccionario de Africanismos en el Castellano del Río de la Plata; EDUNTREF; Buenos Aires; 2007.

No es lo mismo

El empleo de el mismo, la misma y sus respectivos plurales, como pronombre y como sustantivo, está tan extendido en los ámbitos administrativos, periodísticos o publicitarios, que da un poco de temor que su uso incorrecto se transforme en norma, sólo por la repetición misma (valga la redundancia).

Estos términos bien aplicados cumplen la función de adjetivos e indican identidad o igualdad, por ejemplo:

Pepe tiene la misma remera que tenía puesta ayer. (Mmmm… ¡qué olor!).

Rosa tiene la misma nariz que su padre.

También mismo y misma pueden ser utilizados para reforzar o enfatizar el significado de la palabra (sustantivo, pronombre o adverbio) que acompañan. Por ejemplo:

Hoy mismo dejo de fumar.

Pudo resolverlo ella misma.

Se ha generalizado el uso de estos adjetivos para hacer referencia a un elemento que dentro de la misma oración fue citado anteriormente ―es decir, reemplazándolo―. La Real Academia Española dice que este uso es “innecesario y desaconsejable” y que en reemplazo de la palabra que no se quiere repetir debería usarse un pronombre personal o posesivo o tal vez un demostrativo o… la mismísima nada.

Observemos que en el texto que adjuntamos (fragmento de una nota publicada en un periódico del ámbito de la medicina homeopática) no se entiende claramente a qué se refiere los mismos; digamos que quizás sea a “los síntomas” y, de ser así, la mejor opción hubiera sido colocar el pronombre estos.



Posiblemente este otro caso sea más claro; seguro que vieron esta leyenda en su barrio:

“Si en su cuadra ya hay contenedores coloque la basura dentro de los mismos”.

Quizás hubiera quedado mejor decir que se colocara la basura “dentro de ellos”, o “allí”, o “Si en su cuadra ya hay contenedores utilícelos para depositar sus residuos”, lo cual es bastante obvio. Aunque para los vecinos no lo siga siendo. Pero ese es otro tema.

Pongámosle un poco de color


Muchas veces hemos escuchado hablar del “colorado” ―sobre todo en el ambiente de la moda― como si fuese el nombre de un color. El término para distinguir el color que se encuentra en la frecuencia más baja de luz discernible por el ojo humano es el “rojo”.

El rojo es uno de los colores primarios, mientras que el colorado es una tonalidad que surge de este color. Así podemos incluir esta tonalidad en frases como: “Lo dijo sin ponerse colorado”.
Muchos ponen resistencia al nombre real de este vívido color debido a que históricamente se lo ha vinculado con movimientos revolucionarios o de izquierda e, inexplicablemente, este hecho parecería restringir su uso en determinados ámbitos sociales.
Podemos decir que el rojo es el símbolo de la pasión, y que mundialmente se aplica para indicar peligro, o para una emergencia: “código rojo”.
El color rojo del planeta Marte, relacionado con la sangre, favoreció que se lo considerara desde tiempos antiguos como un símbolo del dios de la guerra. En ocasiones se hace referencia a Marte como el Planeta Rojo.

Lo incorrecto

Al menos los e-books están a salvo

En el sur de Gales, en el Reino Unido, viven un crudo invierno con temperaturas bajo cero. En una organización de caridad, unos voluntarios descubrieron que la gente que no puede pagar el precio del carbón encontró una alternativa más barata: quemar libros.
“Es algo terrible ―contó un vendedor al diario británico Metro―, pero tenemos que sacarnos el stock de encima y los clientes dicen que los libros son ideales para la estufa porque se consumen lentamente. Muchos compran grandes volúmenes de tapa dura y les duran toda la noche en el fuego”.
Un libro que pesa medio kilo se vende por apenas cinco peniques, mientras que una bolsa de carbón de veinte kilos sale cinco libras (una libra son cien peniques). O sea: dos libras los veinte kilos de libros, menos de la mitad que el carbón.
Como siempre, la culpa es de la crisis, que hizo que calentar el hogar se volviera un lujo. Qué dirá Bradbury cuando se entere de que no hicieron falta los bomberos de Fahrenheit 451 para prenderles fuego a los libros, que alcanzó con colapsar la economía mundial y la gente por sí sola terminó encargándose de la tarea.

Fuente: Página/12, suplemento Radar número 699, Argentina, 10 de enero de 2010.